martes, 18 de septiembre de 2012


Hoy...quiero confesarme...


Han pasado los años, tantos, que creí seria difícil recordar, pero no ha sido así,  solo tuve que desempolvar los archivos del sueño, esos que guardo en el desván de los sueños rotos.
Y he vuelto a mis catorce años, a mis tiempos de escuela, aquellos años, de los que en tanto tiempo, olvidé que existían, o mejor, quise olvidarlos, por miedo, por dolor, o...quien sabe si por sentirme culpable, de haber vivido en una época, en la que siempre pensé que no era la mía.
"Cuatro gatos", así nos calificaba nuestra profesora y de no haber sido, por la forma de expresarlo, hubiese pensado que no encerraba mala intención.
Ciertamente, éramos algo menos de diez alumnas, en una clase  normal  si nos centraban en ella, éramos como un cuadro, con un enorme pas par tout, por eso la dirección del colegio, decidió aprovechar el espacio en el segundo piso, un pequeño recuadro, tan tan pequeño, que  una mesa y cuatro pupitres eran todo el mobiliario, eso sí, con el espacio justo, para que los "gatos" en este caso "gatas", pudiésemos acceder a nuestra plaza, la enorme ventana, era la protagonista de la clase.
Todas veníamos de cursos, en los que nuestras docentes, eran más jóvenes y me atrevería a decir, que menos amargadas, excepto dos, las demás, tuvimos la misma profesora en los tres cursos anteriores y puedo asegurar, que eran como noche y día.
La ventana de la clase, tenía una hermosa panorámica, el insti, de los chicos y nuestra suerte era, que nuestra querida tutora, a partir de las tres, parecía estar programada, con nuestra pequeña ayuda, en el momento en que el sueño empezaba a vencerla, bajábamos con mucho cuidado la persiana, con el fin de que el sol, no perturbase, su cotidiana siesta.
Tenía nuestra querida Hna, digo querida porque, aún y no ocupando en nuestras vidas el mismo lugar, que las anteriores, no la queríamos mal, pero...teniendo en cuenta que estábamos en una edad, algo difícil, nos costaba entender su amargado carácter y claro está, como a cualquier jovencita, nos encantaba, disfrutar de aquellos momentos, en los que podíamos, mirar con sigilo por la enorme ventana, levantando con cuidado la persiana, para ver como nuestros amores platónicos, entraban  en el "Insti".

Reencuetro


A veces, guardamos en nuestra memória en un rincón escondido, y arropado por un dolor, que en estos momentos no seria tal, vivencias y momentos, que en un tiempo nos destrozó la vida, nunca hemos querido volver atrás, nunca nos dimos a conocer, quizá por miedo a volver a vivir, aquella etapa de nuestras vidas, que no hubiesemos querido haber vivido.
Pues bien, es algo que viví, y que por el dolor que me causaba, su recuerdo, jamás contacté con aquel pasado.
La vida sigue, y nosotros con ella, los recuerdos se suavizan y los vemos de forma diferente, mis trece años, se han multiplicado, mi entorno ha ido cambiando con el paso del tiempo y ya en mi madurez, empiezo a recordar aquellos días, que veo con un cristal totalmente distinto.
Me ha hecho feliz, reencontrarme con todo aquello, que a mis trece años, parecía que me destrozaba la vida, he comprobado que no era así, la época la sociedad de aquel tiempo, era otra y que todos hemos evolucionado, en mi caso los recuerdos de mis años de escuela, empiezan a ser en mi mente, como días maravillosos, con sus pros y sus contras, pero en conjunto, felices.
Los archivé en el desván de los recuerdos, como lo peor que me habia ocurrido y ahora, felizmente los puedo desempolvar, para ver que fue la base, para que ahora sea quien y como soy.
Reencontrarme con compañeras de mis trece años...ha hecho que borre malos recuerdos.
La mente a veces...nos juega malas pasadas.

jueves, 3 de mayo de 2012

Infancia

Como pasa el tiempo, ¡que deprisa¡ al igual que las hojas en otoño se desprenden de las ramas, monótonas y secas, alfombrando el suelo con su tono de oro envejecido.
Así pasó mi tiempo, sin darme cuenta que los años, surcaban por mi rostro dejando su huella imperturbable, ajó mi cuerpo con ensaña, marcó mis sienes doloridas y en mi mente, gravado como a fuego, el dolor la injusticia, el menosprecio, el hambre de cariño el dolor de las ausencias presentes, una infancia sin tiempo de vivirla, nacida hipotecada por el peso de una deuda de odio, que no tuve tiempo a contraer.
En el otoño de una vida no vivida,reposo en el regazo los recuerdos, acaricio con pena y con dolor, el tiempo rebelde, la niñez envejecida en un entorno de amarguras, la muñeca de porcelana, estrellada con rabia contra un suelo ajeno a mi inocencia, lejano a mis raíces.
La tristeza en el rostro, de quien me dio la vida. La recuerdo, acariciando mi pelo ensortijado de un negro enrojecido, el mar en sus verdes ojos de gata, gotear por sus mejillas, sin respuesta a mis preguntas, ¿porqué? mas no hallo respuesta, a veces, quisiera que existiera ese Dios, pero tan solo es un deseo, en el que suelo o...solía refugiarme cuándo la incomprensión se anudaba a mi garganta, sobre todo, en aquellos años, en que llamemos, mala suerte, hizo mella honda en mi frágil y diminuto cuerpo,de niña-mujer.
Volviendo a mi regazo, barajo sueños adolescentes, empresas incumplidas, quizá por su alta dosis de utopía, la lucha contra un todo poderoso, el querer y el no tener, materia de cariño.
¡Cuántas veces¡ volví a mis raíces, soñando simplemente, recordando el camino entre los álamos, el agua derramada entre las piedras del suelo de aquel pozo, donde no solo las bestias abrevaban, también lo hacían mis recuerdos.